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Asfixia de Identidad

miguelmederico4 months ago4 min read

Lectura recomendada en modo nocturo y visión horizontal desde el celular


Aquí estoy...

Sigo diminuto, transparente, impalpable. Acá estoy y el aire bochornoso y sin nada de oxígeno, viaja en una brisa huérfana de dióxido de carbono. La diáspora del nitrógeno se olvidó del viento y heme aquí, estrangulado por la ansiedad.

Me ahogo en ruidosas angustias, desfallezco en medio de una colección de suspiros trémulos que discrepan con la capacidad de mis pulmones para hospedarlos y, también, con la de mi garganta para retenerlos. Estoy devastado…

Se acaba el aire con el exceso de jadeo. Me pregunto quién soy y qué soy para los demás y en ese retrato me hallo invisible. Me compadezco de mi edad frente a aquella duda y al no tener una buena respuesta, me enloquezco, me deprimo y siento como esa ignorancia se trasforma en un monstruo.

Ese indómito personaje es el que me tortura…

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Con sus manos en forma de pinzas, me desfibrila por dentro, desde los huesos hasta cada órgano de mi ser. Me golpea tan fuerte los riñones que por fuera siento el peso de tener el estómago tan vacío como mi propia identidad.

Las lágrimas blancas que no emergen son las más dañinas. A pesar de contener agua, no me otorgan vida, a pesar de ser saladas, le saben muy dulce al extraño ser que me merodea este día.

Mi zozobra es su alimento. Mi temor es su eucaristía. Mi asfixia le está dando vida a ese demonio. Se aprovecha de mi fragilidad y de mi precoz ambigüedad de aceptarme tal como soy. Me tiene viejo, insulso, con una fiebre extremista que me hace sentir gélido y cocido a la vez.

Ese engendro tiene la forma de un feto, con cinco ojos de color amarillo con rojo, una nariz muy pequeña, orejas en forma de aletas, piel pegostosa color verde y un olor putrefacto. Habla mi mismo idioma, pero no tienes voz: la suya es la mía. Cada vez que lloro, él ríe; cuando sufro, él goza; si tengo miedo, él se vuelve valiente.

Hoy la minusvalía de mi concepto sobre mí mismo ha hecho que ese maldito ser me gane en ansiedades. No hay chocolates suficientes para calmarme. No hay dulces que me suban la autoestima.

Con sus pegostosos dedos, me posee, me humilla, me ahorca, lo hace con la presión justa para no quitarme la vida, pero sí con la suficiente para hacerme sentir endeble, ahogado, abandonado, sin dicha, y lo peor de todo es que me hace sentir compasión por su horrible veneno que me pisa las vértebras del ánimo.

Hoy me ha ganado y estoy abatido, con dificultad de respirar, asfixiado por aquel feto confundido que me restriega el alma. Me tiene con los ojos tan rojos como los de él, con la piel invisible, el corazón marchito y con la intriga de no saber por qué si hay tanto aire, me falta el oxígeno.

El tiempo desfila lento, me acribilla cada segundo, me pasa por encima de las arrugas, de esas arrugas que esculpe aquel enajenado con el cincel de mi cobardía para no verme feliz por ser quien soy.

Todo lo padezco cada vez que me perturbo por alguna mala noticia. Lo sufro cuando entra en conflicto mi identidad. Cuando siento que soy un mal número en la escala de lo que sea. Cuando gimoteo con razón o sin ninguna.

Queda poco aire, el sufrimiento me va a ganar otra vez. O quizás sea yo el que le gane al atrofiado espejo, rompiéndolo, sin frenarme en los años de mala suerte que traen consigo esos vidrios fracturados. Con alguno de esos filosos vidrios, pienso acuchillar mentalmente al demonio que me habita. Lo haré la próxima vez que mi calma se vuelve súbita y mi paciencia se torne expedita.


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